LA MAGIA DE MI TÉCNICA EN PILATES

En el imaginario colectivo, el deporte es sinónimo de sudor, pulsaciones, sufrimiento, entrega… El cansancio es una suerte de medida de las cosas que define el éxito del entrenamiento. Si acabas extenuado, todo en orden. En caso contrario, al día siguiente habrá que subir un par de marchas. Hay, sin embargo, una actividad que desmonta como pocas muchos de los falsos mitos que acompañan al deporte: no hace falta llevar el cuerpo al límite cada día para mejorar la condición física.  

Es el pilates, la disciplina creada a principios del siglo XX por un joven y debilucho alemán que se obsesionó con fortalecer sus músculos y que acabó creando una religión oficiosa con millones de fieles incondicionales por todo el planeta.  En un suspiro, ha quedado claro que el dominio del pilates no es cosa de un día. Que hay que echarle muchas horas, mucha dedicación, pasión y atención, si se quiere alcanzar cierta competencia en esta actividad y, por extensión, uno de esos fantásticos cuerpos asociados a este mundillo. Efectivamente, al realizar los ejercicios no hay explosión, ni un aumento exagerado de las pulsaciones, ni esa sensación de que el cuerpo se dispara tan propia de algunos deportes. No se trata de eso. El pilates somete al individuo a un permanente ejercicio de introspección con tu propio organismo. El alumno ha de sentir cada músculo, cada vértebra, cada tendón, y trabajarlo de una forma concreta, siguiendo una técnica que permitirá encajar cada pieza hasta que el cuerpo alcance el perfecto equilibrio. El pilates aspira a corregir este vicio. Y muchos otros en realidad. Y es que el nudo gordiano de esta disciplina es el de la educación postural. Con cada rutina fortalecemos unos determinados músculos, pero uno percibe enseguida que el sentido final es el de corregir todos esos malos hábitos focalizados principalmente en la espalda: cómo nos sentamos, cómo colocamos la cabeza, los brazos… Un trabajo de lluvia fina.  Años de práctica y constancia.

Ángel Buitrago

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